INDOORS is a section of Barcelona based architecture office ARQUITECTURA-G. It is focused on interior spatial reformulation and furniture design and edition.
Qué es INDOORS?
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INDOORS es una sección del estudio de arquitectura barcelonés ARQUITECTURA-G centrada en la reformulación y reorganización interior de la vivienda urbana adaptándola a la cultura contemporánea del habitar.
Con esta iniciativa INDOORS ofrece a sus clientes propuestas de reforma y rehabilitación más sencillas, más económicas y de fácil adaptación a distintos requerimientos de uso. Con la misma filosofÃa, INDOORS también produce mobiliario propio, cuyo diseño ambiguo persigue potenciar usos inesperados por parte del habitante.Â
Desde INDOORS creemos que en la actualidad la vivienda debe ser un sistema abierto y adaptable con economÃa de medios, que contemple la evolución de necesidades a lo largo de los años; debe presentar ausencia de jerarquÃas marcadas, flexibilidad mediante equivalencia de tamaño de estancias y participación dinámica de los espacios de baño y cocina en el dÃa a dÃa para vivir la casa en su totalidad. La casa debe adaptarse al usuario, debe dar la bienvenida a la apropiación por parte del habitante adaptándose a sus pautas, a su arte de habitar.
Porqué INDOORS?
Cuando el interiorismo y la decoración intervienen en la remodelación de una vivienda, establecen el marco perfecto para que el habitante quede degradado a lo mediocre y pierda la libertad de apropiarse del espacio a su antojo. Interioristas y decoradores maquillan y disfrazan las viviendas convirtiéndolas en piezas especializadas, codificadas y jerarquizadas, que no admiten cambios de forma sencilla, y que pierden rápidamente su vigencia por estar concebidas desde las modas y las tendencias.
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INDOORS, en cambio, plantea propuestas abiertas, que contemplan la flexibilidad y que dan margen para que el habitante se apropie de los espacios según sus necesidades, aficiones o gustos, con gran economÃa de medios.
Presentamos INDOORS a través de un texto de Adolf Loos:
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En el texto “De un pobre hombre rico” se nos presenta la situación lÃmite de lo determinado, de la codificación de un espacio. Es la situación lÃmite de la Planificación y ejemplifica de forma exagerada y caricaturesca la mala práctica de aquel que ha pre-determinado los usos de un espacio, aquel que ha prescrito las posibilidades de habitar un espacio, de hacer un uso libre de él. Pero esta figura del proyectista-déspota se desmorona, primero porque su fracaso está inscrito en la propia lógica del habitar, ya que al habitar le es inherente rebasar los lÃmites y las condiciones de uso del espacio habitable; y segundo, porque en la sociedad actual la flexibilidad no es excepcional sino regla.
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“De un pobre hombre rico”
Von einem armen, reichen Mann
Neues Wiener Tablatt, Viena, 26 de Abril de 1900.
Adolf Loos
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Quiero hablaros acerca de un pobre hombre rico. TenÃa dinero y
bienes, una mujer fiel que, con un beso en la frente, le liberaba de las
preocupaciones que traÃan los negocios, un corro de hijos que hubiera
provocado la envidia del más pobre de sus trabajadores. Sus amigos
le querÃan, pues todo lo que emprendÃa prosperaba. Pero hoy la situación
es muy, muy distinta. Y asà ocurrió:
Un dÃa ese hombre se dijo: «Tienes dinero y bienes, una mujer fiel e
hijos, por los que te envidiarÃa el trabajador más pobre. Pero ¿eres
feliz? Date cuenta que hay personas que carecen de todo por lo que se
te envidia. Pero sus preocupaciones las ahuyenta un gran mago, el
arte. ¿y qué es para ti el arte? No lo conoces ni siquiera de nombre.
Cualquier advenedizo puede entregarle su tarjeta de visita y tu criado
le abrirá de par en par. Pero al arte todavÃa no lo has recibido en tu
casa. Yo sé bien que no vendrá. Pero iré en su búsqueda. Debe instalarse
y habitar en mi casa como un rey».
Era un hombre de mucha fortaleza, lo que asÃa era resuelto con energÃa.
Era lo acostumbrado en sus negocios. AsÃ, acudió ese mismo
dÃa a un famoso arquitecto y le dijo: «Tráigame usted arte, arte entre
mis cuatro paredes. El gasto no importa».
El arquitecto no dejó que se lo dijeran dos veces. Fue a casa del
hombre rico, echó fuera todos sus muebles, hizo venir un ejército de
colocadores de parquet, estucadores, barnizadores, albañiles, pintores
de paredes, ebanistas, fontaneros, fumistas, tapiceros, pintores y escultores
y ¡zas!, sin darse cuenta se habÃa atrapado, empaquetado, bien
guardado el arte entre las cuatro paredes del hombre rico.
El hombre rico era más que feliz. Más que feliz paseaba por las nuevas
habitaciones. Donde quiera que mirara habÃa arte, arte en todo y
por todo. Agarraba arte cuando agarraba un picaporte, se sentaba
sobre arte cuando tomaba asiento en un sillón, apoyaba su cabeza en
arte cuando cansado la apoyaba en las almohadas, su pie se hundÃa en
arte cuando andaba sobre las alfombras. Se deleitaba en arte con
enorme fervor. Desde que su plato también habÃa sido decorado con
motivos artÃsticos, cortaba su boeuf à l’oignon con doble energÃa.
Se le alababa, se le envidiaba. Las revistas de arte glorificaban su
nombre como uno de los primeros en el reino de los mecenas, sus
habitaciones fueron retratadas, comentadas y explicadas para servir
como modelo a las reproducciones.
Pero lo merecÃan. Cada estancia constituÃa una determinada sinfonÃa
de colores. Pared, muebles y telas estaban combinados de la manera
más refinada. Cada objeto tenÃa su lugar idóneo y estaba ligado a
los demás en unas combinaciones maravillosas.
El arquitecto no habÃa olvidado nada, absolutamente nada. Ceniceros,
cubiertos, interruptores, todo, todo habÃa sido combinado por él.
y no se trataba de las artes arquitectónicas vulgares, no, en cada ornamento,
en cada forma, en cada clavo estaba expresada la individualidad del propietario.
(Una labor psicológica cuya dificultad reconocerá cualquiera.)
El arquitecto, sin embargo, rechazaba todos los elogios modestamente.
Porque, decÃa él, estas habitaciones no son mÃas. Allá en frente,
en el rincón, hay una estatua de Charpentier. Y, al igual que yo le
reprocharÃa a cualquiera que afirmara haber diseñado una habitación
aunque hubiese usado tan sólo uno de mis picaportes, del mismo
modo yo no puedo decir que estas habitaciones han sido concebidas
por mÃ. Esto eran palabras nobles y consecuentes. Cierto ebanista, que
quizás empapeló su habitación con papel pintado de Walter Crane y
que, a pesar de todo, se atribuÃa los muebles que ahà se encontraban
por haberlos proyectado y ejecutado él mismo, se avergonzaba hasta
lo más profundo de su negra alma al enterarse de estas palabras.
Volvamos tras esta divagación a nuestro hombre rico. Ya he dicho lo
feliz que era. Una gran parte de su tiempo la dedicó a partir de entonces
sólo al estudio de su vivienda. Pronto se dio cuenta de que debÃa
estudiarla. HabÃa mucho que memorizar. Cada objeto tenÃa su lugar
concreto. El arquitecto se habÃa portado bien con él. HabÃa pensado
en todo con antelación. Para la cajita más pequeña habÃa un lugar
concreto, hecho intencionadamente para ella.
La vivienda era cómoda pero, para la cabeza, muy fatigante. Por
ello, durante las primeras semanas, el arquitecto vigiló en qué forma
se desenvolvÃan para que no incurrieran en ningún error. El hombre
rico se esforzaba. Pero ocurrió que, distraÃdamente, dejó un libro que
sostenÃa en la mano en el cajón destinado a los periódicos. O que
depositó la ceniza de su cigarro en aquel hueco de la mesa destinado
al candelabro. Cuando se habÃa cogido un objeto, adivinar y buscar el
antiguo lugar que le correspondÃa no tenÃa fin, y en alguna ocasión
tuvo el arquitecto que consultar los planos de detalle para volver a
encontrar el lugar que le correspondÃa a una caja de cerillas.
Donde el arte aplicado habÃa conseguido tales triunfos, no podÃa
quedarse atrás la música aplicada. Esta idea tenÃa muy preocupado al
hombre rico. Hizo una solicitud a la compañÃa de tranvÃas con la
cual intentaba que en sus vehÃculos utilizaran el motivo de campanas
de Parsifal en lugar de sonidos sin sentido. En la compañÃa no le
hicieron caso. TodavÃa no daban suficiente acogida a ideas modernas.
A cambio, se le permitió que pavimentara, a su cargo, la zona frente
a su casa, de modo que cada vehÃculo estuviera obligado a pasar por
delante al ritmo de la marcha de Radetzky. También los timbres eléctricos
de sus salones fueron provistos con motivos de Wagner y Beethoven y todos
los profesionales de la crÃtica de arte alababan en gran manera al hombre
que habÃa abierto un nuevo dominio “al arte en los artÃculos de uso”.
Como puede imaginarse, todas estas mejoras hicieron al hombre aún más feliz.
Pero no puede callarse que procuraba estar el menor tiempo posible en casa.
Y es que, de vez en cuando, se desea descansar un
poco de tanto arte. ¿O podrÃa usted vivir en una galerÃa de cuadros?
¿O estar sentado meses enteros en «Tristán e Isolda»? En fin, ¿quién
le iba a reprochar que recurriera de nuevo al café, al restaurante o a
los amigos y conocidos para reunir fuerzas para estar en su casa? Se lo
habÃa imaginado distinto. Pero el arte requiere sacrificios. Ya habÃa
llevado a cabo tantos. Los ojos se le humedecÃan. Pensaba en muchas
cosas viejas a las que habÃa tenido tanto cariño ya las que, de vez en
cuando, echaba de menos. ¡El gran butacón! Su padre siempre habÃa
hecho la siesta en él. ¡El viejo reloj! ¡Y los cuadros! ¡Pero el arte lo exige!
¡Ante todo, no aflojar!
Ocurrió que una vez celebraba su cumpleaños. La mujer y los hijos
le habÃan colmado de regalos. Las cosas le agradaron sobremanera y
le produjeron cordial alegrÃa. Poco después llegó el arquitecto para
comprobar que todo estaba en orden y dar respuesta a cuestiones difÃciles.
Entró en la habitación. El dueño le salió contento al encuentro pues
tenÃa muchas preguntas que formular. Pero el arquitecto no advirtió
la alegrÃa del dueño. HabÃa descubierto algo muy distinto y palideció:
«Pero, ¡qué zapatillas lleva usted puestas!», exclamó con voz penosa.
El dueño miró su calzado bordado. Pero respiró aliviado. Esta vez se
sentÃa totalmente inocente. Las zapatillas habÃan sido confeccionadas
fielmente de acuerdo con el diseño original del arquitecto. Por ello
replicó con aire de superioridad:
«¡Pero, señor arquitecto, ¿lo ha olvidado? Las zapatillas las ha diseñado
usted mismo!»
«¡Ciertamente!, tronó el arquitecto, pero para el dormitorio. Usted
está estropeando todo el ambiente con esas dos horribles manchas de
color. ¿No se da usted cuenta?»
El dueño de la casa lo vio inmediatamente. Se quitó rápidamente las
zapatillas y se alegró tremendamente de que el arquitecto no encontrara
imposibles también sus calcetines. Se dirigieron al dormitorio
donde el hombre rico pudo volverse a calzar las zapatillas.
«Ayer, empezó tÃmidamente, celebré mi cumpleaños. Los mÃos me
colmaron de regalos. Le he hecho llamar, querido señor arquitecto
para que nos aconseje sobre cuál es la mejor manera de colocar los
objetos.»
La cara del arquitecto se alargaba visiblemente. Entonces estalló:
«¡Cómo se le ocurre dejarse regalar algo! ¿No se lo he diseñado yo
todo? ¿No lo he tenido ya todo en cuenta? Usted no necesita nada
más. Está usted completo.»
«Pero, se permitió replicar el dueño de la casa,
¡todavÃa podré comprarme algo!»
«¡No, no puede usted! ¡Nunca más y nada más! Sólo me faltaba esto.
Cosas que no hayan sido diseñadas por mÃ. ¿No he hecho suficiente
permitiéndole el Charpentier? ¡La estatua que me roba toda la fama
de mi trabajo! ¡No, no puede comprarse usted nada más!»
«¿Y si mi nieto me regala un trabajo del jardÃn de infancia?»
«¡Pues no puede usted aceptarlo!»
El dueño de la casa estaba anonadado. Pero aún no habÃa perdido.
«¡Una idea, ya la tengo, una idea!: ¿y si quisiera comprarme un
cuadro de la Sezession?» preguntó triunfante.
«Intente colgarlo en algún sitio. ¿No ve usted que ya no queda sitio
para nada más? ¿No ve usted que para cada cuadro que le he colgado
le he compuesto un marco en la pared, en el muro? No puede desplazar
ni un solo cuadro. Intente usted colocar un nuevo cuadro.»
Entonces se produjo un cambio en el hombre rico. El hombre feliz
se sintió de repente profunda, profundamente desdichado. Vio su
vida futura. Nadie podÃa proporcionarle alegrÃa. DeberÃa pasar sin
deseos frente a las tiendas de la ciudad. Para él ya no se creaba nada
más. Ninguno de los suyos le podÃa regalar su retrato, para él ya no
existÃan más pintores, más artistas, más oficios manuales. Estaba cortado
del futuro vivir y aspirar, devenir y desear. SentÃa: ahora debo
aprender a vagar con mi propio cadáver.
Cierto: ¡Está completo!,¡Está acabado!
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